martes, 4 de enero de 2011

He llegado a la luna


Poema anti-todo

“Él me desprecia porque no me conoce.
Yo desprecio sus acusaciones porque me conozco.”
Georg C. Lichtenberg

I.

Fractura el tiempo, ineludibles abismos
encajado en el derrotero de tus labios,
bordes y siluetas de sombra, expectativa
de rieles extraviados en puentes oscuros.

¿Cómo llamarte sin palabras?
Soledad y abismo, genio y estupidez,
caos detrás de cada mirada
insuficiencia intelectual, venganza académica,
idiotez notariada.

Caballos desbocados son las palabras,
yuntas son la unión de pareja,
idolatría hacia dioses falsos y...
tan necesarios.

Ayer extravié un meteorito,
allí anido mi tristeza, mi herencia,
dinamité los puentes a coste de mi vida
a eso que llaman “éxito” esos seres
cosificados que hoy son reyes pero sin cosas
son nada, parias del universo
que saltan melancólicos al nombrarlos
sin saber que no existen, que no son...

Las palabras son colibríes alimentándose
de tulipanes rojos, margaritas para los mas enanos,
amapolas y éxtasis, drogas blandas, ácidos
amantes de la pintura, de manos escleróticas
se conforman los ensayos del mundo
que ensayan con el mundo
nuevas políticas económicas y sociales.

El filoso filosofastro hizo de las suyas
se ha vendido al capital necesario de la “ciencia”
Augusto Comte le llamó sociología e hizo
de su antítesis un comercio
con la ignorancia de sus detractores
y los aplausos del gran capital,
la sociología pandrosa
es la parturienta de la mercadotecnia
moderna e ilustrada encerrada en trajes sastres
y un cubículo oblicuo universitario y autónomo...

No hay palabras
solo nos queda el silencio,
un abrazo imaginario y la voluntad
de tender un puente evitando los labios.

II.

Me da asco ver mi rostro
detrás de un cristal, no hay
otra forma de ver como me consumo
la palabra ha muerto en el
laberinto de Mi-Nos.

Por hoy encontré un meteorito
que me pregunta sin interés,
por hartazgo puro
de mis frases sin coherencia:
¿Quién eres en realidad?
Intento contestar: la realidad es una ficción,
el interprete es un demente
escondido en mi corazón

Sus ojos se abren, la pipa
de papel aluminio alberga el opio
de tu mirada, reflejos de luna
una silueta dentro de una taza de baño.

Doy un trago a la botella, ella se levanta,
digo: por favor, no azotes la puerta,

Las ausencias y los fantasmas
fomentan las esperanzas,
en forma de laberintos
fronteras invisibles llenas de alcohol.

III.

Por apego a lo normal,
tomo un trapeador, lo lleno
de líquido aroma tropical,
friego los pisos sin darme
cuenta que, mi meteorito
es un hongo sobre los platos sucios.

Fractura el tiempo, ineludibles abismos
encajado en el derrotero de tus labios
pensamiento cotidiano, un abismo
encerrado en una botella.

Me voy de este mundo, haré dedo
cuando un transbordador se marche,
mi meteorito decidió establecerse
en mi casa; yo me largo.

IV.


Los lunáticos tienen a un Comte,
dictadores y clases sociales.
El dios no es un conejo
Coyosahuilqui es una bailarina de table-dance-moon

las universidades albergan opios,
dictadores, castas y miedos.

Ni en la luna se puede estar a gusto
el conejo es un mito y
Amstrong se fumó un churro
antes de enterrar la cánula
con un trapo de cincuenta estrellas:

el blanco simboliza pureza e inocencia,
el rojo dureza y valor, y el azul vigilancia,
perseverancia y justicia,
el asta es el falo simbólico penetrando el culo del mundo...

IV. BIS (POR NECESIDADES TÉCNICAS)

Aquí tampoco hay iguales,
pero se siente mas cerca al ser humano,
es decir, el frío de su estupidez,
los lamentos plañideros,
las siluetas de luna

La ventaja es que aquí,
las esperanzas se congelan
y la vida y las decisiones,
como si fueran bordadas al unísono,
conforman una metáfora

Lunar caustic, un libro de Malcom Lowry,
el primer alcohólico que pisó la luna
en un sanatorio putrefacto
donde lo obligaron a beber la luna,
y sus orines descendiendo
“Bajo el volcán...”

La cura es una broma
cuando el alma esta en el frigorífico
aterida por el espanto que le provoca
una ficción de la insensatez

Dios pisó la tierra, e hizo un desmadre
Ël es el culpable, hay que crucificarlo
Para expiar nuestros pecados
la caja de Pandora se abre
por donde se escapa la esperanza.
V.

Es tiempo de elecciones,
dos muchachos pelean afuera del edificio
por dejar periódicos de propaganda política,
el que se cree de izquierda se encuentra a la derecha
el que se cree de derecha esta a la izquierda,
el primero es güero, el segundo prieto,
no peleen muchachos, denme varios de sus periódicos,
los repartiré en la superficie de los cristales de mis ventanas,
necesito limpiarlos, no lo hago desde las elecciones pasadas.
no lo hago desde las elecciones pasadas

Ellos se estrechan las manos,
el que se cree de derecha camina hacia la izquierda,
el que se cree de derecha camina hacia la izquierda,
a uno le grito: jacobino, al otro girondino

Desde un dulce, dulce balcón, me observa un vecino,
a ninguno nos importa, nos decimos adiós
con un pañuelo blanco y un paliacate rojo.

Abro la puerta del departamento,
dejo los periódicos en el suelo,
me acuesto a fumarme un churro y,
abro una página del libro de Oliverio Girondo

le digo: el amor es tan puro
como el caldo de canguro.

Suena la alarma, me levanto
antes de que ella vuelva de trabajar
soy un hombre consciente
de ser bueno para nada y ejercer mi profesión

ANTIMANIFIESTO RIMÍCO

Me gustan los manifiestos
de las “generaciones de poetas”
con ellos me limpio el culo
y también mis chaquetas.

Si me conservo “joven a los cuarenta”,
conseguiré obtener una beca
“mis sueños se verán reflejados en mi cuenta”,
suspiraré mientras observo la ciudad como un esteta
desde mi cubículo oblicuo universitario y autónomo...

es un poema anti-todo,
es un poema anti-doto,
es un poema anti-docto
es una doc-trina de poema.

EPÍLOGO CONSTRUCTIVO

y un cubículo oblicuo universitario y autónomo...



laberinto de Mi-Nos.
¿Quién eres en realidad?
una silueta dentro de una taza de baño.

fronteras invisibles llenas de alcohol.


Coyosahuilqui es una bailarina de table-dance-moon
con un trapo de cincuenta estrellas:

el blanco simboliza pureza e inocencia,
el rojo dureza y valor, y el azul vigilancia,
perseverancia y justicia,
el asta es el falo simbólico penetrando el culo del mundo...



las siluetas de luna
conforman una metáfora

“Bajo el volcán...”

una ficción de la insensatez

por donde se escapa la esperanza.
no lo hago desde las elecciones pasadas
Desde un dulce, dulce balcón, me observa un vecino,
a ninguno nos importa, nos decimos adiós
con un pañuelo blanco y un paliacate rojo.
le digo: el amor es tan puro
como el caldo de canguro.
desde mi cubículo oblicuo universitario y autónomo...

publicado en:




http://www.palabrasmalditas.net/portada/literatura/poesia/755-he-llegado-a-la-luna-poema-anti-todo.html

Infierno 2


Escribir

Se escribe para rescatar la palabra, único vehículo que ahora nada dice; postes sujetos al silencio.
La palabras se degradan en el ahora, inciertas como las caricias en un cuerpo ajeno que se nombra de otras maneras, de otros días, de otros sueños. La palabra se habita de imágenes.
Escribir es sumarse a la condena perpetua, escribir es dejar la vida en un extremo de la carretera al precio que sea, convertirse en un espectador, en un traidor, el camuflaje necesario para existir. La escritura da la parte de sensibilidad para no ver en la vida mas allá que el pincelazo del absurdo posible que una vez encerrado en el calabozo, puede andar delatando nuestra voz, pero tiene límites y estas son las fronteras que no podemos cruzar.
Condenados en vida no podemos arrullar a la muerte, podemos rasgarle el traje y tomar de vez en cuando una pierna, pero no plena, completa, algún detalle se olvida y son estos detalles los que paradójicamente dan libertad a los personajes. Escribir es suprimirse, habitar otros mundos, hacer de las letras su valía, componer lo que está deshecho.
Escribir es una metáfora de quién se arroja al nirvana y se siente engañado. Y hay tantos engaños que se pueden sorber como un buen helado, una nieve en un día caluroso, con traje de baño, gafas oscuras y sandalias.
Escribir es compartir una tarde en silencio en un parque cualquiera con un amigo al que jamás volveremos a ver.

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http://www.palabrasmalditas.net/portada/infierno/916-antitodo/849-escribir.html

Infierno


De espejos y principios

Se comienza por el final. Los muertos sienten la lluvia, el sol, el miedo, alegría de vez en cuando. No pueden mover sus cuerpos ni escuchar el sonido de sus pensamientos. Las ideas se agolpan en la punta de la lengua estática. Silencio. Se comienza por el final cuando se está varado en la isla impenetrable de la desolación. Quizá encuentre la sonoridad en mis palabras, ojalá me ayuden a encontrarme, o al menos a no sentir la lluvia, ni el sol, ni miedo y menos aún: la alegría tan efímera, engendradora de la tristeza. Al menos me acompaña la hierba y la niebla azul.
A través de la oscuridad del día encuentro pinceladas de girasoles y nubes subterráneas, imagino infinidad de cosas que se concretan en un cristal melancólico. Nos reímos cuando la nieve impide que hablemos. La nieve, el frío, la soledad...
Y allá, a lo lejos, el mañana naranja espera que mis ojos se hagan uno con el horizonte.
El reflejo de mi rostro es un círculo escrito, jeroglíficos eternos de mi absurdo. No hace falta estar muerto para apagar cualquier aliento de vida. No hace falta hacer veredas en el silencio; lo mejor es no comenzar jamás.. Nunca gatear, no vivir, no estar.
Afuera, mis recuerdos cobijan la hierba; algunos se desvanecen, otros se petrifican según el vaivén del instante. El silencio es capturado por un suspiro húmedo. Los labios se mueven, vomitan palabras sin sonido.
Sí, la lluvia es la puerta del ayer. El ser estalla en la garganta, el eco del trueno se convierte en palabras que hacen posible imaginar al instante, vestido con bolsillos sutiles y olanes de azar. Después, casi al instante, cae fulminado por el terror. Sus gritos alimentan el furor del viento.
Dibujar un lienzo es el camino mas corto para llegar al fondo del espejo. Se matiza el blanco de azules reflejos de nardos. Se expanden las siluetas nubiones por la superficie dinamitada del hartazgo. Eluvios distantes de equívocos silencios. Veleidoso paseo de plumas sobre las aguas de un lago ríspido. La superficie mas enclenque del espejo soporta el peso de los deseos, riscos donde se han cimentado mis absurdos.

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http://www.palabrasmalditas.net/portada/infierno/916-antitodo/842-de-espejos-y-principios.html

Cuento "Sardinas"


Sardinas

–Alguien ha metido sardinas en la cisterna.
–¿Sardinas? –dijo ella, somnolienta.
–No sé si son sardinas, en todo caso, peces plateados dentro de la taza de baño.
–¿No qué en la cisterna? –dijo.
–Me parece lógico que alguien haya tirado los peces en la cisterna y que estos se hayan deslizado por un impulso dentro de la tubería, y no que alguien haya entrado a casa mientras dormías para tirar un par de animales de acuario.
–¿Estás seguro que son peces? –dijo.
–Ven a verlos – digo, mientras tiro de las cobijas destapando a Ann.
Bajo la cama, busco la red para peces. La encuentro. Ann se envuelve en una sábana.
–Levanta la tapa, cariño –dijo Ann, que ha llegado al cuarto de baño.
–No, hazlo tú.
Ann levanta la tapa. Dos peces se deslizan en el fondo del retrete.
–¿Qué hacemos con ellos? –dijo.
–Espera, llenaré de agua la pecera.
–¿Y dónde metemos a Billy? –dijo.
–Podríamos dejarlo suelto en el cuarto –digo–. Hasta que consigamos otra habitación de cristal.
–¿Quieres ensalada? La sirvo en dos platos, lavo el refractario y echamos a los peces dentro –dijo Ann.
–Puede ser, pero el refractario está frío y quizá les dé pulmonía a los peces.
–No importa, le echaré agua caliente –dijo.
Sale del baño arrastrando la sábana por el pasillo. Los peces nadan en círculos.
Voy al cuarto y despierto a Billy que se enreda en mi brazo y sube hasta enrollarse en mi cuello; lo llevo al baño y lo obligo a meter la cabeza al agua. Se zambulle en el retrete, persigue al pez que se le ha escapado. En la cocina Ann sirve la ensalada y abre el grifo de agua, dejando que el chorro se caliente. Ella sabe hacer bien estas cosas. Billy se ha comido un pez y ahora va detrás del otro.
Ann cierra el grifo. Escucho el ruido de sus pies sobre el mosaico. Echo un vistazo a la taza y sólo veo la mitad de la boa, que se escabulle por el caño. Ann empuja la puerta del baño, trae en las manos el refractario lleno de agua. Meto la mano a la taza para jalar a Billy por la cola. El líquido está frío.
–Ya no es necesario, se ha ido por el desagüe.
–¿Quién? –dijo ella, mientras coloca el recipiente sobre el lavamanos.
–Billy, se ha comido a los peces y se ha ido – digo.
Nos miramos.
–Ya aparecerá cuando tenga hambre.
–Sí – digo mientras ella tira el agua por el lavamanos. Llevamos el trasto a la cocina, comemos la ensalada.
–¿Cómo habrán llegado los peces hasta allí?
Apago la luz de la cocina.
–Al menos sabemos cómo se han ido– dijo.
–Sí –. Voy detrás de ella. Miro la sábana, que acaricia las lozas naranjas del piso.
–¿Cómo siguen las cosas en la clínica?– dijo.
–Igual, el médico de guardia sigue emborrachándose.
–Deberías buscar otro empleo, has comenzado a beber de nuevo.
Se mete a la cama y se acomoda en su lado. Acaricio su vientre sobre el camisón.
–Deja–dijo –. Tengo que levantarme en media hora.
–Deberías dejar ese empleo, en unos años tendrás várices en las piernas.
–Es temporal, anda, saca la mano de allí –dijo.

Ann trabaja en una cafetería que está abierta las veinticuatro horas del día. La mayor parte de la semana dobla turno. Ella se ha empeñado en ahorrar. Quiere un hijo. Tiene treinta y cinco años, seis más que yo. Sus dos hijos viven en Australia, se le escaparon con el marido. Ella es veterinaria, pero desde entonces toma todo tipo de pastillas. Un día comenzó a peinar perros. Ann sabe mucho de eso. Soy un tipo con suerte.

–¡Hey! Jim –grita Bud, mientras menea con su mano el bolsillo de su bata –. Necesito que me eches una mano con unas cajas.
Dejo mi sitio junto a la puerta de cristal, la recepcionista menea sus cabellos blancos.
Entro al consultorio y me siento en el taburete. Bud me acerca un vaso de plástico con whisky.
–Vamos Jim, aquí nadie se entera de nada, hace frío y casi amanece –dijo.
Bud es el médico de guardia, es cirujano pero ha perdido el pulso. Ahora atiende las sobredosis de los drogadictos locales, y da los primeros auxilios; los mantiene vivos mientras espera la hora de salir. Antes de abandonar el consultorio, Bud se frota la cara y las manos con alcohol de curación.
–Y dime Jim, ¿tu mujer sigue con la idea de tener un crío? –dijo.
Me agrada Bud, siempre recuerda la plática anterior.
–Sí, no me deja tocarla, tengo que prometer que tendremos un crío –digo, y me tomo el whisky.
–Así son las mujeres Jim, comienzan con la idea de un crío y después sigue la casa, los autos, y quieren más y más dinero –dijo Bud, observando mi vaso–. Dímelo a mí, que sé cual es su última ocurrencia: que abandones la casa y dejes la chequera con tu firma–. Ríe moviendo la papada.
–Yo soy listo Bud, sé como escaparme. Tengo algunos trucos que parecen inmundos pero no lo son. La cargo de responsabilidades, y si me corren de un empleo busco otro con menor paga, así ella dobla turno y no tiene tiempo para pensar en eso –digo.
Bud se pasea nervioso con su vaso sin líquido en la mano.
–Ayer se fue Billy.
–¿Quién es Billy? –dijo Bud, que ha vuelto a interesarse en la charla.
–Nuestra boa, se mudó a la cisterna.
–¡Ah! –dijo Bud–. ¿Quieres otro whisky?
–No, casi es hora y tengo que pasar a la tienda de mascotas.
Bud ha llenado mi vaso hasta el borde y palmea mi espalda.
–Anda, que perder a Billy no es cualquier cosa, te acerco –dijo Bud–. ¿Por qué una boa y no un gato?
–No me gustan los gatos, Annie quería uno que llamaría Kittie y yo quería un perro que llamaría Billy, así que compramos una boa –digo.
Bud es un buen tipo, con él se puede hablar de estas cosas.
–¿Cómo conociste a Ann?– dijo.
–Ella peinaba perros.
–¿Tenías perro?– dijo.
–No, los paseaba. También los llevaba a la peluquería, empleos como ese no se consiguen todos los días.
–¡Ah! –dijo Bud–. ¿Te sirvo otro whisky?
Llena mi vaso al borde. Con Bud se puede hablar de estas cosas.

Bud me ha regalado una botella de whisky. La guardo en el cuarto de baño y me sirvo un trago. Voy a la habitación donde Ann descansa.
–Alguien ha metido sapos en la taza de baño –digo, mientras tiro de las cobijas destapando a Ann. Ella se levanta somnolienta y se cubre con la sábana.
Ella anda por el corredor. Se detiene un poco.
–Y... ¿si buscamos a Billy?
–Quizá se ha marchado a Australia –digo, tambaleándome un poco–. Estuve charlando con el médico borrachín y me ha regalado una botella de whisky. Es un hombre estupendo.
Ann está frente a la puerta del cuarto de baño.
–¿Y si miramos en la cisterna, cariño? –dijo Ann entusiasmada. Estoy seguro que ha tomado unas pastillas de más.
–Hace frío, quizá mañana –digo.
Me sirvo otro trago y camino hacia la habitación. Esto haría Bud, que sabe mucho de estas cosas. Sí, él sabe hacia donde hay que caminar.

Luciernagas dentro de una esfera




"Dos líneas literarias recorren los cuentos de Luciérnagas dentro de una esfera: encarar el desamor y encarar la página en blanco. Algunos de los cuentos están narrados en espacios cerrados, con un tono de intimidad del narrador y su lucha con la ausencia de la amada o la batalla en el papel. Otros, en cambio, se refieren a sucesos violentos que tienen como escenario las calles, sitios de reunión.

Sin duda, Luciérnagas dentro de una esfera es un libro de cuentos de un escritor con una búsqueda atractiva y un trabajo minucioso."


Mónica Lavín

Cuento "Graduación"


Graduación

Pienso en la filosofía que cae como trueno, un sólo aforismo y uno ya está listo para simpatizar con los vencidos; lo demás se vuelve un viaje hacia la meta, ese lugar donde el mañana no existe, donde no se perciben las visitas y la sombra es indiferente. Dormitar vacío de sueños o un insomnio sin pensamientos, ansiedad, silencios.
En este sitio me siento ajeno, como si llevara un ramo de perejil entre las manos, desguanzado, en lugar de la arrogante orquídea que espera la mujer de falda corta, medias púrpuras y sombras de desolación sobre mullidos párpados de inocente abismo. Comprendí, entonces, con la mueca de disimulo aprendida, que no era un racimo de verde descuido lo que ella esperaba esta noche, ni otras tantas, sino la flor del mañana reposando en un jarrón al lado de la chimenea; el cobijo de un hogar imaginario que no es cálido apenas se gira el picaporte. La imagen es salpicada por el gris cotidiano, con destellos de un incierto pretérito poblado de imbecilidad; la misma razón, quizá menos profunda, por la que se hace necesario un nuevo tapiz: ocultar el agujero apenas perceptible de un muro que se desgaja.
La chimenea del ahora sirve para encender el tabaco y calentar café, para imaginar el cuerpo ausente retorciéndose en medio de tantos papeles satinados, saturados de promesas, de caminos y veredas fallidas; especulaciones trazadas por el imán de una torpe intuición, que necia se asoma una y otra vez, perpetuando el insomnio y el silencio, abriendo la ventana de marco descuadrado desde el cual sólo es posible mirar de cabeza; esperar los pasos inconclusos de la realidad, cuyas huellas se desvanecen en el reflejo de la superficie verdosa del fango: un día lluvioso atormentado por el recuerdo. Los paraguas se quedan cerrados como murciélagos temerosos de la luz, pinchados con agujitas color plata, presos de la pasión, es decir, atrapados en el acto donde el padecimiento es remedio del dolor.
La realidad ha pasado frente a mí cuando cerré los párpados para descansarlos, tal vez instalado en la duermevela o el desprecio.
Imposible encontrar el hilo de una charla que no derive en el mañana, sin entender la estúpida necesidad de estar aquí, con la servilleta sobre las piernas. Las luces multicolores, los arreglos florales al centro, olores sofocantes. El sabor de raciones agridulces y malogradas en la garganta.

Ella se ha graduado. Baila al compás de la música sin acertar un pie dentro de una nota; canciones de moda, exacerbación de miserias y visiones prófugas de razón. Lleno mi vaso a sabiendas que he de encontrar de nuevo la náusea, el vómito desagradable que es una invitación a no recibir estúpidas cortesías.
La observo, ella da piruetas en la pista de baile, sembrada en ‘su noche’, porque las otras, decía ella, fueron mías, donde extraviado y ausente no comprendí que ella no escuchaba mis largas orgías laberínticas contra todo lo que respira. Los ayeres se traen al ahora como se jala la correa del perro que se lleva por las mañanas al jardín, recién peluqueado y el pedigrí en el bolsillo, sin reparar que el cuadrúpedo móvil se quedó en casa. Y a ver qué puto ladrido de collar es más fino o más cabrón. Y ella, somnolienta de mis noches de desvarío, asistía desvelada a clases monótonas y estúpidas.
Los saltos simiescos, las bromas taladradas por la repetición como un útero agujerado que espera gemelos sietemesinos. Era ella, la mujer púrpura cuya noche caía con baile de trompo y danza de tormenta sobre mí, y sobre esa parte que me pertenecía del nosotros. Se acerca, intenta tomarme el cuello y yo me arrojo a pensamientos ingenuos; los tentáculos de un pulpo me dictan ocho escapes posibles: no tolero su abrazo; ella ha triunfado, llegó a la meta con el traje deshilachado y la pólvora mojada. Las puntas de una estrella marina desfigurada desde su nacimiento recorren mi pecho. Ella muerde mi oreja y dice: “Ahora podemos tener un hijo”. Me levanto de golpe, como si una astilla se clavara en mi nalga, alcanzo a sonreír mientras ando a tropezones buscando la salida.
Ella encontró su destino después de preguntarse si debía aprender a volar, quizá haya leído un poco de filosofía de aparador, esa que se lee con lágrimas y entusiasmo, y se aspira como línea de polvo blanco: de un solo jalón. El instante del cambio pasa desapercibido entre tantos instantes cotidianos.
Y en la sorpresa se instalan sus sueños, sus fracasos, todo lo que da forma a su perezosa vida, reflejos que se pierden en los labios rojizos de una mujer graduada. Ella me devolvió la sonrisa sin saber que era cómplice de mi vértigo. El cigarro pereció al tiempo que nacía mi deseo de dar vuelta y refugiarme en sus tentáculos. Una zapatilla aplastó mi último aliento. Mi pie no quiso moverse, el deseo fue creciendo, insertándose en la celda vacía cuyos guardianes dormitaban, su sonrisa había vencido la resistente fortaleza de los temores; las viejas decepciones tapizan sobre las paredes calizas, cansadas de tantos años de no divisar extrañas ilusiones en tan noble templo. Otros juegos hacían contrapeso. El gaviero irresponsable duerme atrapando el sueño de naufragio.

Desperté a medio día fuera del salón, frente a la plaza de toros, con el frac invadido por el vómito, sin cartera ni llaves del auto. Imposible llamar a alguien, pedir auxilio, el escape era la soga que pendía sobre mi cuello. El auto lo puse a su nombre, el departamento también. Eché a andar y después de un breve chubasco dejé los zapatos, después los calcetines y así, poco a poco me fui desprendiendo del resto de humedad y humanidad, hasta que la piel celulítica y oscura de las calles me absorbió por completo y sentí cómo ella pasaba sobre mí, mientras la mano de su mejor amigo hurgaba en su entrepierna. La mano curiosa de un niño insertando un lápiz en la mirilla de una puerta celeste. Y aún así pude reír, formando un tope sobre la avenida Insurgentes, con esa risilla púrpura de sus mallas por donde ahora los dedos de su amante surcan, torpes, su lúgubre humedad, con la sorpresa del amanecer de un perejil en medio de campos saturados de guirnaldas. Me había graduado en lo que más deseaba: el fracaso desapercibido, sólo que no tenía con quién compartir mi alegría.
Dos ramas de epazote me sonrieron, atrapadas en la jardinera del camellón. Una ambulancia levantó mi cuerpo envuelto en costras púrpura: el color de sus mallas y el olor de su entrepierna. Me gustaría decirle que ahora no podremos tener un crío.
El camino es agradable. El calor y el tráfico aplastan mis ultimas ilusiones, la sirena oculta mi risa perpetua.

Cuento "Aurora"


Aurora

Petra desciende del tren, con el rebozo sostiene a Aurora, su niña. Trae cobija y una muda de ropa. La imagen del general Lázaro Cárdenas en la estación polvorienta le recuerda la mirada de Martín, su marido. Observa el cielo, el ocaso; el viento frío anuncia que pronto oscurecerá. Protege a la niña con la cobija. Mira a su alrededor en busca de una cara conocida pero sólo encuentra miradas indiferentes, siente un repentino alivio. Su compañera de viaje, una anciana, la despide con un ademán que se desvanece en la lejanía. Petra acierta a responder con un movimiento ajeno de su mano.
Se sienta en una banca, mira los rieles y el humo de la locomotora perderse en la lejanía.
–Si nos viera Martín ahora –dice, mirando a su hija; le limpia el rostro y se acomoda con lentitud en el respaldo–. Mañana vendrán los reyes magos y nos encontramos tan lejos de casa.
Besa la mejilla fría de la pequeña y mira de reojo al único oficial de la estación.

Parece que fue ayer cuando sus pies andaban esta tierra, reuniéndose con las muchachas después del catecismo, en la plaza, a un costado del quiosco, viendo, entre risas, a los hombres regresar de la siembra. Allí vio a Martín por primera vez, sus músculos fuertes, su espalda morena curtida por el trabajo y el sol; seguro de sus palabras, incitando a la gente:
–El gobierno de Cárdenas está repartiendo tierras, al fin la Revolución nos hace justicia –y terminaba diciendo que al fin tendrían el anhelado título de propiedad. Sus ojos se encontraron en el discurrir de tierras.
Martín tenía treinta años; ella ya estaba grandecita, en un pueblo donde dieciocho años le pesan a cualquier adolescente soltera.
–Tienes los ojos de tu padre, Aurora; aquí nos conocimos, de aquí tuvimos que irnos perseguidos por la bala del hacendado –sonríe al escuchar las siete campanadas nocturnas de la iglesia, sus pies hinchados parecen fundirse con la tierra.

Martín intenta abrazar a su mujer. El quiquiriquí impertinente de un gallo anuncia el amanecer. Entre sueños, su mano busca la piel de Petra. Tantea el lecho en busca del calor de su mujer impregnado en el colchón. Pero ella no ha dormido a su lado, está frío como la mañana, como la mayoría de los amaneceres de enero, desde que llegó con Petra a la capital. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que subieron al tren una madrugada de marzo en la estación de su pueblo? El recorrido a la capital fue ocultando la mañana, miraron juntos el crepúsculo y la esperanza de la ciudad.
Recuerda la noche anterior, se refugia en la almohada, el rostro de Petra, la mirada delatando la miseria, la pobreza, ese sutil virus del amor que esfuma cualquier palabra o gesto de ternura.
–Se acabó la medicina de la niña, no queda nada.
El odio a sí mismo, la impotencia a la que sólo sabe responder con golpes; a golpes lo crió su padre, luego el hacendado, el patrón. Allí, refugiado en un jacal con paredes de adobe, donde tan fácil se filtra la tristeza, el indio aprende a unirse en silencio a su mujer.
Rechaza con violencia el plato, más caldo que frijol, como si éste fuera su enemigo. Después el brillo que dan las lágrimas a los ojos de Petra, la rabia que no se atreve a explotar. Martín sabe, y esto lo pone más furioso, que cada golpe que su mujer recibe en silencio es un golpe a sí mismo; mejor seguir dormido, esconderse del día, huir de la realidad golpeando sin clemencia.
Tenía que fajarse los pantalones, levantarse de una vez, alguien podía ganarle la leche del establo. Se enjugó los ojos, desvaneció el recuerdo y salió a la penumbra previa a la salida del sol, con sus cubos de latón. Si tan sólo supiésemos llorar... Petra.

–Conchita, ¿cuántos litros quiere hoy? –pregunta Martín.
Conchita barre su pedazo de calle a la que nunca termina por espantarle el polvo.
–Hoy tomamos café –dice sin mirar a Martín.
–Conchita, usted sabe algo de Petra y la niña y no me quiere decir. ¿Pasaron aquí la noche?
–Sí –Conchita detiene la escoba y lo mira–.Tenía la piel roja y a la niña enferma ¿Por qué Martín? ¿Por qué...?
–¿Dónde están, Conchita?
–En el lugar al que no puedes regresar, Martín.
Martín no contesta, se retira en silencio, espantando al sentimiento.
–¿Cuántos litros, doña Ernestina?
–No te ves bien Martín, algo traes dentro.
–Sí doña, algo que ya no hallo dónde dejar.
–Deja las penas y dos litros de leche en esta puerta, Martín.
–Le dejo la leche, las penas no puedo, doña.
Entrega el recipiente con leche mientras murmura: “Las penas son mías y de la Petra, algún día Aurora me reclamará y no tendré valor ni palabras”. Encamina la carretilla tirada por un caballo flaco y perezoso hacia la avenida Veinte de noviembre.

Petra apresura el paso, distingue el portón desvencijado al final de la calle. Corre el cerrojo. Su hermana Rosario está en el patio. Camina hacia ella.
–Sabía que vendrías, ayer te soñé, dame a la niña –Rosario habla rápido mientras se limpia las manos en el delantal– .¿Se llama Aurora, verdad?
Petra se detiene.
–No, Aurora se ha ido ya, sólo traigo su cuerpo para darle santa sepultura.
El dolor es expulsado entre sollozos que se van convirtiendo en gritos histéricos.
–Murió en la madrugada, en casa de Conchita y no tenía dónde enterrarla –Rosario toma el cadáver en sus brazos.
–Aurora ya está con Dios, yo no tenía dónde ni con quién llorar –sus rodillas están sobre la tierra, la misma tierra de la que se marchó con Martín una madrugada de marzo.