martes, 4 de enero de 2011
Cuento "Graduación"
Graduación
Pienso en la filosofía que cae como trueno, un sólo aforismo y uno ya está listo para simpatizar con los vencidos; lo demás se vuelve un viaje hacia la meta, ese lugar donde el mañana no existe, donde no se perciben las visitas y la sombra es indiferente. Dormitar vacío de sueños o un insomnio sin pensamientos, ansiedad, silencios.
En este sitio me siento ajeno, como si llevara un ramo de perejil entre las manos, desguanzado, en lugar de la arrogante orquídea que espera la mujer de falda corta, medias púrpuras y sombras de desolación sobre mullidos párpados de inocente abismo. Comprendí, entonces, con la mueca de disimulo aprendida, que no era un racimo de verde descuido lo que ella esperaba esta noche, ni otras tantas, sino la flor del mañana reposando en un jarrón al lado de la chimenea; el cobijo de un hogar imaginario que no es cálido apenas se gira el picaporte. La imagen es salpicada por el gris cotidiano, con destellos de un incierto pretérito poblado de imbecilidad; la misma razón, quizá menos profunda, por la que se hace necesario un nuevo tapiz: ocultar el agujero apenas perceptible de un muro que se desgaja.
La chimenea del ahora sirve para encender el tabaco y calentar café, para imaginar el cuerpo ausente retorciéndose en medio de tantos papeles satinados, saturados de promesas, de caminos y veredas fallidas; especulaciones trazadas por el imán de una torpe intuición, que necia se asoma una y otra vez, perpetuando el insomnio y el silencio, abriendo la ventana de marco descuadrado desde el cual sólo es posible mirar de cabeza; esperar los pasos inconclusos de la realidad, cuyas huellas se desvanecen en el reflejo de la superficie verdosa del fango: un día lluvioso atormentado por el recuerdo. Los paraguas se quedan cerrados como murciélagos temerosos de la luz, pinchados con agujitas color plata, presos de la pasión, es decir, atrapados en el acto donde el padecimiento es remedio del dolor.
La realidad ha pasado frente a mí cuando cerré los párpados para descansarlos, tal vez instalado en la duermevela o el desprecio.
Imposible encontrar el hilo de una charla que no derive en el mañana, sin entender la estúpida necesidad de estar aquí, con la servilleta sobre las piernas. Las luces multicolores, los arreglos florales al centro, olores sofocantes. El sabor de raciones agridulces y malogradas en la garganta.
Ella se ha graduado. Baila al compás de la música sin acertar un pie dentro de una nota; canciones de moda, exacerbación de miserias y visiones prófugas de razón. Lleno mi vaso a sabiendas que he de encontrar de nuevo la náusea, el vómito desagradable que es una invitación a no recibir estúpidas cortesías.
La observo, ella da piruetas en la pista de baile, sembrada en ‘su noche’, porque las otras, decía ella, fueron mías, donde extraviado y ausente no comprendí que ella no escuchaba mis largas orgías laberínticas contra todo lo que respira. Los ayeres se traen al ahora como se jala la correa del perro que se lleva por las mañanas al jardín, recién peluqueado y el pedigrí en el bolsillo, sin reparar que el cuadrúpedo móvil se quedó en casa. Y a ver qué puto ladrido de collar es más fino o más cabrón. Y ella, somnolienta de mis noches de desvarío, asistía desvelada a clases monótonas y estúpidas.
Los saltos simiescos, las bromas taladradas por la repetición como un útero agujerado que espera gemelos sietemesinos. Era ella, la mujer púrpura cuya noche caía con baile de trompo y danza de tormenta sobre mí, y sobre esa parte que me pertenecía del nosotros. Se acerca, intenta tomarme el cuello y yo me arrojo a pensamientos ingenuos; los tentáculos de un pulpo me dictan ocho escapes posibles: no tolero su abrazo; ella ha triunfado, llegó a la meta con el traje deshilachado y la pólvora mojada. Las puntas de una estrella marina desfigurada desde su nacimiento recorren mi pecho. Ella muerde mi oreja y dice: “Ahora podemos tener un hijo”. Me levanto de golpe, como si una astilla se clavara en mi nalga, alcanzo a sonreír mientras ando a tropezones buscando la salida.
Ella encontró su destino después de preguntarse si debía aprender a volar, quizá haya leído un poco de filosofía de aparador, esa que se lee con lágrimas y entusiasmo, y se aspira como línea de polvo blanco: de un solo jalón. El instante del cambio pasa desapercibido entre tantos instantes cotidianos.
Y en la sorpresa se instalan sus sueños, sus fracasos, todo lo que da forma a su perezosa vida, reflejos que se pierden en los labios rojizos de una mujer graduada. Ella me devolvió la sonrisa sin saber que era cómplice de mi vértigo. El cigarro pereció al tiempo que nacía mi deseo de dar vuelta y refugiarme en sus tentáculos. Una zapatilla aplastó mi último aliento. Mi pie no quiso moverse, el deseo fue creciendo, insertándose en la celda vacía cuyos guardianes dormitaban, su sonrisa había vencido la resistente fortaleza de los temores; las viejas decepciones tapizan sobre las paredes calizas, cansadas de tantos años de no divisar extrañas ilusiones en tan noble templo. Otros juegos hacían contrapeso. El gaviero irresponsable duerme atrapando el sueño de naufragio.
Desperté a medio día fuera del salón, frente a la plaza de toros, con el frac invadido por el vómito, sin cartera ni llaves del auto. Imposible llamar a alguien, pedir auxilio, el escape era la soga que pendía sobre mi cuello. El auto lo puse a su nombre, el departamento también. Eché a andar y después de un breve chubasco dejé los zapatos, después los calcetines y así, poco a poco me fui desprendiendo del resto de humedad y humanidad, hasta que la piel celulítica y oscura de las calles me absorbió por completo y sentí cómo ella pasaba sobre mí, mientras la mano de su mejor amigo hurgaba en su entrepierna. La mano curiosa de un niño insertando un lápiz en la mirilla de una puerta celeste. Y aún así pude reír, formando un tope sobre la avenida Insurgentes, con esa risilla púrpura de sus mallas por donde ahora los dedos de su amante surcan, torpes, su lúgubre humedad, con la sorpresa del amanecer de un perejil en medio de campos saturados de guirnaldas. Me había graduado en lo que más deseaba: el fracaso desapercibido, sólo que no tenía con quién compartir mi alegría.
Dos ramas de epazote me sonrieron, atrapadas en la jardinera del camellón. Una ambulancia levantó mi cuerpo envuelto en costras púrpura: el color de sus mallas y el olor de su entrepierna. Me gustaría decirle que ahora no podremos tener un crío.
El camino es agradable. El calor y el tráfico aplastan mis ultimas ilusiones, la sirena oculta mi risa perpetua.
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