martes, 4 de enero de 2011
Cuento "Aurora"
Aurora
Petra desciende del tren, con el rebozo sostiene a Aurora, su niña. Trae cobija y una muda de ropa. La imagen del general Lázaro Cárdenas en la estación polvorienta le recuerda la mirada de Martín, su marido. Observa el cielo, el ocaso; el viento frío anuncia que pronto oscurecerá. Protege a la niña con la cobija. Mira a su alrededor en busca de una cara conocida pero sólo encuentra miradas indiferentes, siente un repentino alivio. Su compañera de viaje, una anciana, la despide con un ademán que se desvanece en la lejanía. Petra acierta a responder con un movimiento ajeno de su mano.
Se sienta en una banca, mira los rieles y el humo de la locomotora perderse en la lejanía.
–Si nos viera Martín ahora –dice, mirando a su hija; le limpia el rostro y se acomoda con lentitud en el respaldo–. Mañana vendrán los reyes magos y nos encontramos tan lejos de casa.
Besa la mejilla fría de la pequeña y mira de reojo al único oficial de la estación.
Parece que fue ayer cuando sus pies andaban esta tierra, reuniéndose con las muchachas después del catecismo, en la plaza, a un costado del quiosco, viendo, entre risas, a los hombres regresar de la siembra. Allí vio a Martín por primera vez, sus músculos fuertes, su espalda morena curtida por el trabajo y el sol; seguro de sus palabras, incitando a la gente:
–El gobierno de Cárdenas está repartiendo tierras, al fin la Revolución nos hace justicia –y terminaba diciendo que al fin tendrían el anhelado título de propiedad. Sus ojos se encontraron en el discurrir de tierras.
Martín tenía treinta años; ella ya estaba grandecita, en un pueblo donde dieciocho años le pesan a cualquier adolescente soltera.
–Tienes los ojos de tu padre, Aurora; aquí nos conocimos, de aquí tuvimos que irnos perseguidos por la bala del hacendado –sonríe al escuchar las siete campanadas nocturnas de la iglesia, sus pies hinchados parecen fundirse con la tierra.
Martín intenta abrazar a su mujer. El quiquiriquí impertinente de un gallo anuncia el amanecer. Entre sueños, su mano busca la piel de Petra. Tantea el lecho en busca del calor de su mujer impregnado en el colchón. Pero ella no ha dormido a su lado, está frío como la mañana, como la mayoría de los amaneceres de enero, desde que llegó con Petra a la capital. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que subieron al tren una madrugada de marzo en la estación de su pueblo? El recorrido a la capital fue ocultando la mañana, miraron juntos el crepúsculo y la esperanza de la ciudad.
Recuerda la noche anterior, se refugia en la almohada, el rostro de Petra, la mirada delatando la miseria, la pobreza, ese sutil virus del amor que esfuma cualquier palabra o gesto de ternura.
–Se acabó la medicina de la niña, no queda nada.
El odio a sí mismo, la impotencia a la que sólo sabe responder con golpes; a golpes lo crió su padre, luego el hacendado, el patrón. Allí, refugiado en un jacal con paredes de adobe, donde tan fácil se filtra la tristeza, el indio aprende a unirse en silencio a su mujer.
Rechaza con violencia el plato, más caldo que frijol, como si éste fuera su enemigo. Después el brillo que dan las lágrimas a los ojos de Petra, la rabia que no se atreve a explotar. Martín sabe, y esto lo pone más furioso, que cada golpe que su mujer recibe en silencio es un golpe a sí mismo; mejor seguir dormido, esconderse del día, huir de la realidad golpeando sin clemencia.
Tenía que fajarse los pantalones, levantarse de una vez, alguien podía ganarle la leche del establo. Se enjugó los ojos, desvaneció el recuerdo y salió a la penumbra previa a la salida del sol, con sus cubos de latón. Si tan sólo supiésemos llorar... Petra.
–Conchita, ¿cuántos litros quiere hoy? –pregunta Martín.
Conchita barre su pedazo de calle a la que nunca termina por espantarle el polvo.
–Hoy tomamos café –dice sin mirar a Martín.
–Conchita, usted sabe algo de Petra y la niña y no me quiere decir. ¿Pasaron aquí la noche?
–Sí –Conchita detiene la escoba y lo mira–.Tenía la piel roja y a la niña enferma ¿Por qué Martín? ¿Por qué...?
–¿Dónde están, Conchita?
–En el lugar al que no puedes regresar, Martín.
Martín no contesta, se retira en silencio, espantando al sentimiento.
–¿Cuántos litros, doña Ernestina?
–No te ves bien Martín, algo traes dentro.
–Sí doña, algo que ya no hallo dónde dejar.
–Deja las penas y dos litros de leche en esta puerta, Martín.
–Le dejo la leche, las penas no puedo, doña.
Entrega el recipiente con leche mientras murmura: “Las penas son mías y de la Petra, algún día Aurora me reclamará y no tendré valor ni palabras”. Encamina la carretilla tirada por un caballo flaco y perezoso hacia la avenida Veinte de noviembre.
Petra apresura el paso, distingue el portón desvencijado al final de la calle. Corre el cerrojo. Su hermana Rosario está en el patio. Camina hacia ella.
–Sabía que vendrías, ayer te soñé, dame a la niña –Rosario habla rápido mientras se limpia las manos en el delantal– .¿Se llama Aurora, verdad?
Petra se detiene.
–No, Aurora se ha ido ya, sólo traigo su cuerpo para darle santa sepultura.
El dolor es expulsado entre sollozos que se van convirtiendo en gritos histéricos.
–Murió en la madrugada, en casa de Conchita y no tenía dónde enterrarla –Rosario toma el cadáver en sus brazos.
–Aurora ya está con Dios, yo no tenía dónde ni con quién llorar –sus rodillas están sobre la tierra, la misma tierra de la que se marchó con Martín una madrugada de marzo.
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