martes, 4 de enero de 2011

Cuento "Sardinas"


Sardinas

–Alguien ha metido sardinas en la cisterna.
–¿Sardinas? –dijo ella, somnolienta.
–No sé si son sardinas, en todo caso, peces plateados dentro de la taza de baño.
–¿No qué en la cisterna? –dijo.
–Me parece lógico que alguien haya tirado los peces en la cisterna y que estos se hayan deslizado por un impulso dentro de la tubería, y no que alguien haya entrado a casa mientras dormías para tirar un par de animales de acuario.
–¿Estás seguro que son peces? –dijo.
–Ven a verlos – digo, mientras tiro de las cobijas destapando a Ann.
Bajo la cama, busco la red para peces. La encuentro. Ann se envuelve en una sábana.
–Levanta la tapa, cariño –dijo Ann, que ha llegado al cuarto de baño.
–No, hazlo tú.
Ann levanta la tapa. Dos peces se deslizan en el fondo del retrete.
–¿Qué hacemos con ellos? –dijo.
–Espera, llenaré de agua la pecera.
–¿Y dónde metemos a Billy? –dijo.
–Podríamos dejarlo suelto en el cuarto –digo–. Hasta que consigamos otra habitación de cristal.
–¿Quieres ensalada? La sirvo en dos platos, lavo el refractario y echamos a los peces dentro –dijo Ann.
–Puede ser, pero el refractario está frío y quizá les dé pulmonía a los peces.
–No importa, le echaré agua caliente –dijo.
Sale del baño arrastrando la sábana por el pasillo. Los peces nadan en círculos.
Voy al cuarto y despierto a Billy que se enreda en mi brazo y sube hasta enrollarse en mi cuello; lo llevo al baño y lo obligo a meter la cabeza al agua. Se zambulle en el retrete, persigue al pez que se le ha escapado. En la cocina Ann sirve la ensalada y abre el grifo de agua, dejando que el chorro se caliente. Ella sabe hacer bien estas cosas. Billy se ha comido un pez y ahora va detrás del otro.
Ann cierra el grifo. Escucho el ruido de sus pies sobre el mosaico. Echo un vistazo a la taza y sólo veo la mitad de la boa, que se escabulle por el caño. Ann empuja la puerta del baño, trae en las manos el refractario lleno de agua. Meto la mano a la taza para jalar a Billy por la cola. El líquido está frío.
–Ya no es necesario, se ha ido por el desagüe.
–¿Quién? –dijo ella, mientras coloca el recipiente sobre el lavamanos.
–Billy, se ha comido a los peces y se ha ido – digo.
Nos miramos.
–Ya aparecerá cuando tenga hambre.
–Sí – digo mientras ella tira el agua por el lavamanos. Llevamos el trasto a la cocina, comemos la ensalada.
–¿Cómo habrán llegado los peces hasta allí?
Apago la luz de la cocina.
–Al menos sabemos cómo se han ido– dijo.
–Sí –. Voy detrás de ella. Miro la sábana, que acaricia las lozas naranjas del piso.
–¿Cómo siguen las cosas en la clínica?– dijo.
–Igual, el médico de guardia sigue emborrachándose.
–Deberías buscar otro empleo, has comenzado a beber de nuevo.
Se mete a la cama y se acomoda en su lado. Acaricio su vientre sobre el camisón.
–Deja–dijo –. Tengo que levantarme en media hora.
–Deberías dejar ese empleo, en unos años tendrás várices en las piernas.
–Es temporal, anda, saca la mano de allí –dijo.

Ann trabaja en una cafetería que está abierta las veinticuatro horas del día. La mayor parte de la semana dobla turno. Ella se ha empeñado en ahorrar. Quiere un hijo. Tiene treinta y cinco años, seis más que yo. Sus dos hijos viven en Australia, se le escaparon con el marido. Ella es veterinaria, pero desde entonces toma todo tipo de pastillas. Un día comenzó a peinar perros. Ann sabe mucho de eso. Soy un tipo con suerte.

–¡Hey! Jim –grita Bud, mientras menea con su mano el bolsillo de su bata –. Necesito que me eches una mano con unas cajas.
Dejo mi sitio junto a la puerta de cristal, la recepcionista menea sus cabellos blancos.
Entro al consultorio y me siento en el taburete. Bud me acerca un vaso de plástico con whisky.
–Vamos Jim, aquí nadie se entera de nada, hace frío y casi amanece –dijo.
Bud es el médico de guardia, es cirujano pero ha perdido el pulso. Ahora atiende las sobredosis de los drogadictos locales, y da los primeros auxilios; los mantiene vivos mientras espera la hora de salir. Antes de abandonar el consultorio, Bud se frota la cara y las manos con alcohol de curación.
–Y dime Jim, ¿tu mujer sigue con la idea de tener un crío? –dijo.
Me agrada Bud, siempre recuerda la plática anterior.
–Sí, no me deja tocarla, tengo que prometer que tendremos un crío –digo, y me tomo el whisky.
–Así son las mujeres Jim, comienzan con la idea de un crío y después sigue la casa, los autos, y quieren más y más dinero –dijo Bud, observando mi vaso–. Dímelo a mí, que sé cual es su última ocurrencia: que abandones la casa y dejes la chequera con tu firma–. Ríe moviendo la papada.
–Yo soy listo Bud, sé como escaparme. Tengo algunos trucos que parecen inmundos pero no lo son. La cargo de responsabilidades, y si me corren de un empleo busco otro con menor paga, así ella dobla turno y no tiene tiempo para pensar en eso –digo.
Bud se pasea nervioso con su vaso sin líquido en la mano.
–Ayer se fue Billy.
–¿Quién es Billy? –dijo Bud, que ha vuelto a interesarse en la charla.
–Nuestra boa, se mudó a la cisterna.
–¡Ah! –dijo Bud–. ¿Quieres otro whisky?
–No, casi es hora y tengo que pasar a la tienda de mascotas.
Bud ha llenado mi vaso hasta el borde y palmea mi espalda.
–Anda, que perder a Billy no es cualquier cosa, te acerco –dijo Bud–. ¿Por qué una boa y no un gato?
–No me gustan los gatos, Annie quería uno que llamaría Kittie y yo quería un perro que llamaría Billy, así que compramos una boa –digo.
Bud es un buen tipo, con él se puede hablar de estas cosas.
–¿Cómo conociste a Ann?– dijo.
–Ella peinaba perros.
–¿Tenías perro?– dijo.
–No, los paseaba. También los llevaba a la peluquería, empleos como ese no se consiguen todos los días.
–¡Ah! –dijo Bud–. ¿Te sirvo otro whisky?
Llena mi vaso al borde. Con Bud se puede hablar de estas cosas.

Bud me ha regalado una botella de whisky. La guardo en el cuarto de baño y me sirvo un trago. Voy a la habitación donde Ann descansa.
–Alguien ha metido sapos en la taza de baño –digo, mientras tiro de las cobijas destapando a Ann. Ella se levanta somnolienta y se cubre con la sábana.
Ella anda por el corredor. Se detiene un poco.
–Y... ¿si buscamos a Billy?
–Quizá se ha marchado a Australia –digo, tambaleándome un poco–. Estuve charlando con el médico borrachín y me ha regalado una botella de whisky. Es un hombre estupendo.
Ann está frente a la puerta del cuarto de baño.
–¿Y si miramos en la cisterna, cariño? –dijo Ann entusiasmada. Estoy seguro que ha tomado unas pastillas de más.
–Hace frío, quizá mañana –digo.
Me sirvo otro trago y camino hacia la habitación. Esto haría Bud, que sabe mucho de estas cosas. Sí, él sabe hacia donde hay que caminar.

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